Testimonio personal

Os voy a contar un poco mi historia personal con el dolor crónico, pero de una manera breve o sintética, pues hay que resumir 22 años y no quiero aburrir al lector, y menos cuando desgraciadamente la historia no ha acabado.

Recuerdo una mañana soleada de invierno del año 1994, un año importante para mí pues estaba inmersa en la realización de un proyecto académico que me constaría sudor y lágrimas acabar. Ahí fui yo toda confiada a lo que iba ser una simple extracción de una muela del juicio incluida (molar izdo.), confiada porque creí en la palabra del profesional que me dijo –esto no es nada-, y yo nunca entonces había tenido miedo a dentistas ni otro profesional, como lega en la materia siempre había confiado en ellos. Pero quizá en mi excesiva confianza, pues no se realizaron las pruebas radiológicas más adecuadas por lo que pude saber después, y todo lo que vino después conllevaron el comienzo del calvario que hasta el día de hoy permanece, y no creo que me abandone hasta que deje de existir.

Lo que me dijeron, como antes he dicho, que iba a ser una cosa de nada con unos puntos, se convirtió en una extracción traumática, no solo porque yo era consciente de todo, del tiempo que duro, de los métodos o de la praxis utilizada, sino por las consecuencias que iba a desencadenar. Según las estadísticas qué ocurra una lesión en estos casos puede ser hasta frecuente, pero del tipo que yo he cursado y que se haya cronificado de este modo no es lo normal, por lo menos eso es lo que durante muchos años creía, hasta que conocí en una red social a unas cuantas personas con el mismo problema y por las misma razón, y no son pocas las situaciones como la que padezco.

Pero siguiendo con el relato, a los tres días de la extracción seguía sin recobrar la sensibilidad de la zona, tenía desde el mentón hasta el lugar de la extracción dormido, pero lo peor es que empezó un dolor espantoso en toda esa zona. Al profesional encargado de la extracción no le volví a ver, pero el dentista titular de la clínica me dijo que no me preocupara que era cuestión de unos días, que con analgésicos y vitamina B se iría. Como cada vez estaba peor, decidí pedir otra opinión, fue cuando sí decidió hacer una radiografía que entonces no se hizo y aparte de quedar restos de la muela que tuvo que volver a abrir y extraer, se quedó espantado de la extracción anterior.

Pasaban las semanas, los meses y los años, y se me aún tomando analgésicos, antiepilépticos y antidepresivos a puñados, que no conseguían hacerme nada, sino mantenerme siempre en alerta y esperando que el tiempo lo curara o lo apartara de mí. En ese tiempo visité a otros especialistas y todos me decían que era cuestión de tiempo, que igual que había venido el dolor se iría, y yo ingenua de mí así lo creía, me decía es que imposible vivir con este dolor, trataba de tener la mente ocupada y tomarme de todo, y me quedó grabada la idea de que el tiempo me lo curaría. Cuantos profesionales vi en ese tiempo que me dijeron “no se preocupe usted tiene un buen pronóstico a largo plazo”. Ya lo he visto. Lo cierto es que todo apuntaba a que en ese momento, lo que tocaba era esperar a que se calmara el nervio y que la sensibilidad volvería y el dolor desaparecería, pero esto no pasaba. Con los años, y la verdad que hace poco lo descubrí, que en mi caso con un daño en el canal dentario hay que abrir toda la zona y explorar y en su caso descomprimir el nervio. El tiempo me ha dado la razón de que estaba comprimido, pero los resultados no son iguales si se hubiera hecho al año de suceder que a los 22 años.

Siguiendo con mi testimonio, os puedo decir que cuando ya pasó más un año y el nervio no se recuperaba, decidieron hacer lo posible por matarlo, pero las soluciones eran temporales, a las semanas volvía y lo hacía más rabioso. A ello se añadió un problema con las articulaciones temporomandibulares, bruxismo, mala mordida, ansiedad, depresión post traumática, etc. Entonces empezaron los tratamientos, iba como una peonza, pues para unos todo mi problema era articular y no neurológico, y viceversa. Y como no, un problema de psicomatización del dolor, con las consiguientes visitas al psiquiatra y al psicólogo. Entonces tenía 27 años y estaba ya dentro de una sistema de unidades de dolor, psiquiatras, maxilofaciales y neurólogos, que cada uno proponía su tratamiento, pero yo no mejoraba. Os puedo relatar la variedad de diagnósticos dados: desde neuralgia del trigémino atípica postraumática, a un algia facial atípica, anestesia dolorosa (el peor por su difícil o imposible solución), síndrome de dolor facial complejo, bruxismo, disfunción de la articulación temporo mandibular, y como no cuadro ansioso depresivo.En fin, todo se resume un dolor neuropático localizado y crónico, en una articulaciones de la mandíbula hechas polvo y en una mente tan quebrada como todo lo anterior.

Durante estas dos décadas, no he dejado de buscar soluciones o parches, en visitar todos los especialistas del mundo, homeópatas, osteopatía, quiropráticos, ni sé, hace tiempo que perdí la cuenta. Yo creo que he probado todos o casi todos los antiepilépticos que hay para esta situación sin resultado, solo he aguantado a base de bloqueos nerviosos periféricos, técnica bastante dolorosa, pero que me aliviaba temporalmente, ozonoterapia, TENS, ortodoncia, parches, radiofrecuencia pulsada, opioides, terapias conductuales, distintas férulas de descarga que aliviaban mi mandíbula pero cuando esta respondía el nervio se revolvía, fisioterapia, osteopatía; y pierdo la cuenta y el dinero invertido.

Luego han venido las cirugías para mejorar el problema mecánico de la mandíbula y nada, y aunque el dolor no es tan espantoso como al principio, o eso creo, o quizá me he acostumbrado, tiene como yo digo sus crisis, está siempre presente en menor o mayor intensidad, y cada vez lo aguanto peor. Quizá ya me haya acostumbrado al dolor, como me dijo en su día un especialista, “no se preocupe que al dolor se acostumbra uno”. Solo sé que entre muchas cosas, el hablar me provoca dolor, comer tiene que ser siempre dieta blanda, los ruidos, los cambios de tiempo como no, las emociones, las posturas, el viento en la cara y tantas cosas que parecen cotidianas, y que te acostumbras a dejar de lado o evitar.

Quizás porque ya han pasado 22 años y mi cuerpo ha hecho una sensibilización central al dolor, y percibo como doloroso cualquier estímulo. Algo que es inevitable, el inexorable paso del tiempo hace que no aguantes lo mismo cuando tienes 27 años que cuando tienes 47, porque el dolor te ha dejado una cicatriz tan profunda física y mental que no le ves final. Cuando llevas tanto tiempo te haces experta en tu dolor, y sabes qué puedes evitar para que se haga más intenso pero no te puedes meter en una burbuja todo el día, y cuando el cuerpo está mal la mente no tarde en desviarse. Y se registra a fuego en tu cerebro y aunque el dolor existe, puede que el daño no, pero no podemos resetear el cerebro como a muchos nos gustaría y poner el contador a cero.

Soy consciente que al final me ha tocado la peor lotería en esto, que se llama anestesia dolorosa de un nervio periférico comleja, como el dentario que una rama del nervio trigémino, y que resulta ser de lo más complicado de resolver y de paliar. Miras para atrás y no entiendes cómo has podido con ello, las secuelas se quedan dentro, y lo que dejado por el camino, pero aún es peor pensar que si bien la ciencia avanza como me dijeron hace 20 años, para mí no porque en definitiva soy un caso complejo, un cumulo de despropósitos, y la medicina llega hasta donde llega.

Esta historia aún no tiene aún punto final, pero me conformaría con ponerle solo un punto y aparte.

Leopeve.

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